martes, 1 de febrero de 2022

Mi soledad, yo y la pandemia

La opresión no era en el pecho; sino en la cabeza. Era como una resaca sin alcohol. Como un estado de quietud. Como domingo de verano en la cama, en cámara lenta, que se repetía sin parar.

Las horas pasaban iguales unas de otras, sin cambio, ni evolución. Con una especie de esperanza recetada que indicaba que en algún momento todo debería estar mejor.

La espera era desesperada. La ansiedad de volvía más ansiosa; los síntomas más dolorosos y la angustia empezaba a encontrar lugar.

¿Quién más si no era ella? En una habitación completamente vacía, con agenda libre y pocos momentos de lucidez. 

Algunos fármacos al alcance, un vaso aséptico de agua, y una significativa pila de pañuelos que se llevaban un poco de tristeza, y algo de enfermedad.

En China era Año Nuevo y aquí se sentía como que el mundo se iba a acabar, si de la cabeza no salían todas esas bombas que no cesaban de explotar.

Abrazaba a la angustia junto a la almohada, con la esperanza de que tocar fondo haría empezar a mejorar.

martes, 14 de diciembre de 2021

Lluvia de diciembre

Llovía. El día estaba gris y el alma acompañaba la ambientación lúgubre. Se acercaba la noche con la necesidad de encontrar el mejor drama en la tv para justificar los ojos brillosos de lágrimas por derramar.

El tic tac del reloj se hacía cada vez mas denso y el paso del tiempo pesaba en los últimos días del año, como si el mundo se fuera a acabar.

Como decía Cerati poniendo canciones tristes para sentirse mejor, sin entender de qué se trataba ese nudo en la garganta. La lluvia, el día gris, o esa sensación que no llena ningún pensamiento positivo.

La sensación de que había algo en ese día gris que oprimía. Los recuerdos lejanos y desteñidos de alguna vez un diciembre que fue feliz. O le sensación de incompletud que nada podría llenar. Un gusto amargo, una mirada apagada, un relato triste y hasta una sensación de soledad. 

lluvia de diciembre

Un poco de melancolía, y un par de cachetazos de realidad que hacían dudar, y esa manía de mirar el vaso medio vacío, recordar a quien ya no está o vivir la vida con gusto a que falta algo más, sin saber precisamente qué es.

Y tal vez la lluvia suplantaba esas lágrimas tímidas que casi no encontraban explicación ni justificación y hasta parecían pretensiosas. Y tal vez la lluvia mostraba esa realidad que los días de sol es una picardía recordar o mostrar. 

Y tal vez cada día de lluvia de diciembre sea así de melancólico, desde aquel diciembre de felicidad. 

lunes, 30 de agosto de 2021

Sólo cuentos tristes

Había algo del orden de lo no propio cuando se trataba de felicidad. Había algo de lo no dicho, un lenguaje huidizo, complejo, y muchísimo más esquivo que el de la tristeza y la soledad.

Había un cúmulo de palabras que no llegaban a aparecer, y una tanda de metáforas que se volvían innecesarias cuando se trataba de bienestar.

Había una imposibilidad de conectar. Un diccionario bastante acotado cuando se trataba de posibilidad.

Había tal vez una especie de regocijo bastante neurótico en aquello que emanaba al hablar del sufrimiento, y de todo lo que NO podía ser.

Había una fila de “Lo siento”, una pila de “me duele” y varios “no puedo” apolillándose en un rincón. Ya se habían llenado de polvo algunas lágrimas y los pañuelos empezaban a esperar sentados su aparición.

Había letras que no formaban palabras y palabras que no formaban párrafos cuando no era protagonista el dolor.

Había un montón de recursos olvidados en el baúl de los recuerdos cuando se trataba finalmente, de las cosas del querer.

martes, 19 de febrero de 2019

Flores de plástico


Lindas. Tan visiblemente reales. Tan distantes y tan perfectas. Sin espinas ni hojas secas. Tan funcionales y dispuestas a alegrar cualquier hogar.
Aquellas flores tan coquetas por momentos, tan vitales y simpáticas, y tan llenas de nada a la vez.
Tan coloridas, y poco alegres. Tan delicadas y tan rígidas. Tan difíciles de quebrar, pero tan fáciles de desechar.
Flores de plástico pero que parecen de verdad. Que emulan a veces la realidad; esa que ni siquiera pueden transitar.
La mentira tan cotidiana de lo artificial: como maniquíes de vidriera con ropa en la que todos quieren entrar; sonrisas de Payaso que rara vez es real; filtros de belleza de Instagram:  engaño consensuado pero eficaz.
Flores de plástico tan bellas, pero tan difíciles de tocar. Tan vacías de esencia, tan difíciles de amar. Tan detenidas en el tiempo. Tan presas de esa belleza que sólo les sirve a los demás.  Tan valoradas por su implacable manera de estar.
Flor de mentira la que nos lleva a estar inmaculados pero vacíos, tan coloridos y tan llenos de gris.  Tan simpáticos y tan apagados en relación a los demás. Tan estancados en un momento de nuestra evolución. Tan perfectos e irreales. Estáticos, herméticos pero con sensación de felicidad.
Flores de plástico como metáforas de la actualidad. Como aquello que, aunque muerto por dentro, ahí estará para ocupar un lugar, para adornar, aunque nunca plenamente, se pueda disfrutar.


jueves, 13 de diciembre de 2018

#MiraComoNosPonemos


Yo vivía en un Pueblo. Bueno; una ciudad de 15 mil habitantes. Adolescente, físicamente pequeña, deportista y chica diez del colegio. Tenía seguramente 16 años y mis papás aún no me dejaban mucho salir.
Una de esas pocas veces que me dejaron salir, y yo aún ni tomaba alcohol, iba caminando por el boliche, sola tranquila, hasta que una bestia enorme me agarró.
Era de esos "populares", todos sabíamos quién era aunque no teníamos relación. Era de la noche, de los amigos del poder, un flaco (si así puede llamársele, porque pesaba tres veces yo y media más o menos ese mismo porcentaje),  que si para mí era desagradable, ese día lo creí aún más.
Este flaco en medio de la noche me agarró del brazo cuando yo iba caminando buscando a mis amigas.
Me sujetó a la vista de todos, y amparado por la oscuridad de un boliche, y sin mediar palabra, ni mirada, ni nada, me forzó con un beso y me pasó la mano por todos lados.
Era realmente enorme para mí, y me tomó por sorpresa, y no pude hacer nada. Y lo cuento como si YO tuviera que justificarme.
Me solté inmediatamente forcejeando y seguí caminando.
Huí despavorida. Asustada. Creí que me había cruzado con un "pelotudo". Que era un idiota desubicado.

Me fui en modo automático, paralizada... y me sentí yo más sucia que él. Sentía asco, sentía que tenía que lavarme la boca, bañarme por si me quedaba algún vestigio de su contacto. 
No se lo conté a nadie. 
Volví a casa como si nada con el recuerdo de un "mal momento", que no sumaba a nadie que yo relatase. Decidí no darle trascendencia. O hice lo que puede...
Cuando tiempo después...años después, una chica se animó a denunciarlo por violación dentro de otro boliche, no dudé en creerle a la víctima. No la conocía, pero esa chica seguramente la había pasado mal. No había tenido la misma suerte que yo. No sólo la había agarrado, manoseado y besado como a mí, sino que a ella no la había soltado. No pudo huir despavorida. Y le creí. Y como al pasar conté que no me extrañaba de ese flaco...cuando yo recordaba qué había pasado conmigo. 
Pero hoy; después de un recorrido, un conocimiento, y mi vida involucrada en la lucha por las mujeres, su cuerpo y su decisión sobre él, me di cuenta de algo: Este flaco con el que yo tuve la mala suerte de cruzarme; no era sólo un "pelotudo". No era sólo un desubicado. Era un abusador y un violador. Y eso que me pasó a mí era abuso.
Hoy tengo las categorías y la conciencia para pensarlo así: No sólo me cruce con un "pelotudo" del que me hubiese querido olvidar. Me crucé con un tipo que me llevaba más de diez años, que era un ABUSADOR. Y a mí ya no me importa si yo era menor de edad, a los 20 me hubiera dado a mí el mismo asco, aunque la pena para él hubiera sido diferente...cuestiones legales....
Hoy entendí que normalizábamos a esos "pelotudos" y los tratábamos de "mal momento", cuando no teníamos herramientas.
Hoy entendí que alguien fue abusador conmigo.  Que no es normal, ni debería normalizarse que te toquen el culo, te besen sin permiso, te manoseen, o te odien si decís que NO a la hora de tener sexo. Hoy lo veo.
Las generaciones venideras no naturalizarán a estos que nosotros llamábamos "pelotudos".
Nuestras hermanitas, hijas, sobrinas y nietas, van a defender su individualidad...porque estamos generando algo grande. Porque alzamos la voz diciendo NO.
Porque nos damos cuenta que violentar nuestro cuerpo, que violentarnos a nosotras está mal.
Que nosotras decidimos quien se acerca a él, quien lo usa como objeto de deseo, quien nos toca, nos besa, nos abraza y quien nos dice que es lindo.
No estos "pelotudos".
Porque alzamos la voz.
Porque nos hacemos cargo de que permitimos el silencio. Que nos dio miedo. Que no pudimos más que minimizarlo.
Pero que basta.
Porque sí, nosotras somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar. E imagínense lo que serán las bisnietas.
Téngannos miedo, ese mismo que yo esa noche le tuve a ese "pelotudo" cuando pensé que no me iba a dejar ir.
  
#NoEsNo
#MiraComoNosPonemos
#SeVaACaer 💚

viernes, 5 de octubre de 2018

Ser y no morir en el intento.

“Vos no te bancas ser quien sos”.  Y esa frase había sido el comienzo del fin; o el fin del comienzo.
Es que las cosas del querer tenían una ardua batalla con las del deber y otro tanto con las del poder.
Porque las relaciones con otro eran relaciones de poder. Porque la posibilidad de mostrar la verdad acarreaba la posibilidad de que aún así no fuera suficiente.
Porque el esfuerzo por agradar se había gastado las últimas energías como para decir la verdad, le pese a quien le pese.

Porque la mentira de la frontalidad hacía que dijera sólo la mitad de lo que en verdad quería decir. Sólo la mala mitad.
Y aquella frase giraba, se desmenuzaba, se ponía en palabras, se discutía pero nunca se materializaba. Y el silencio estaba llevando al vacío de a poco. Y del vacío a la nada.
Porque cada vez que intentaba “Bancarsela” como por arte de magia (o de sí mismo) encontraba en frente quien ayudaría en todo lo posible para que eso no sucediera.
Porque iba a buscar dónde sentir que quien era no sería suficiente. Porque no sólo tropezaba con la misma piedra, sino que, además, le intentaba ilusamente sacar jugo.  
Porque se armaba trampas en las que querer agradar era más fácil que decir la verdad. Porque el deseo quedaba como encuadrado en una partitura de la que no podía salirse. Porque cualquier otra nota que deseara tocar, sonaría mal.
Porque en algún lugar de su deseo quería ser como quería, pero siempre encontraba o armaba a su modo inconsciente los escenarios perfectos para que eso no pasara. Porque siempre chocaba con paredes duras, y frías que hacían que su deseo quedara guardado detrás de esas acciones y palabras que sólo buscaban agradar.
Por había tenido intentos, pero tenía poca tolerancia al fracaso. Porque la lucha dentro de sí era demasiado ardua, e intentaba disfrazarla de lucha contra los demás.
Porque tal vez no se bancaba quien era realmente. Porque de esa manera buscaba ser quien querían los demás, en un esfuerzo para no sentirse tan solo.

viernes, 3 de agosto de 2018

Ángeles y Demonios


La incapacidad, la duda, el freno, el dolor.
No poder avanzar ni tomar una decisión, no saber cuál es la correcta, ni mucho menos la más aliviante. Porque la más cómoda ya empieza a molestar.
Caminar es complicado; subir escaleras un suplicio, y la paciencia ya se empieza a terminar. La noche cae oscura, intolerante, pero tan vacía que muestra lo que no se ve. Tan silenciosa que hace oír aquello que se dice en voz baja.  Tan claro que no se puede huir.

En realidad, si ni  siquiera se puede caminar es bastante imposible pensar en correr.  Y no queda más que la verdad desnuda y oscura en el medio de la nada, cuando no hay con hacer ruido ni acallar esa voz.
La posibilidad de la tregua, el pedido de silencio. La necesidad de parar para que los demonios por un rato se vayan a dormir. Para que La Voz; su voz…pueda frenar