Cuando no hay nada interesante que decir.
Elegir es terminar una ilusión, es descartar una posibilidad, es abandonar lo que podría ser. Es decir que no es meritorio de un sí. Es dejar con esperanzas a alguien e ilusiones por la mitad. Sin ponerse en el lugar del que elige, que no se pone en consideración si es fácil o no. Y sin ponerse en el lugar del elegido y su alegría. Qué sucede con el que no es mirado, ni tenido en cuenta, no es visto y no es. Porque si no es elegido, no pasa a ser. Elegir es matar al no elegido; es borrarlo de la discusión. Es no fijarse en él, es no reparar en que no estará más. Es dejarlo ahí con todo esto por decir.
Una planta que quedó en un rincón. Una sonrisa pintada con Rush y que quedó siempre ahí aunque no se siente. Una lágrima a punto de caer, y un cigarrillo consumido para tranquilizar. Un lápiz que descarga dolor e incertidumbre. Un plato de comida sin terminar. Una mueca que ya pasará y un intento de olvidar.
Con la cabeza a gachas por las dudas; y los brazos abiertos para alcanzar algún abrazo que ande sin dueño por ahí. Con la idea de no tener ideas, y con el alma apostada en una ciega. Con la certeza de una lotería y la incertidumbre de una cirugía de corazón. Con el alma al aire como dijo Alejandro. Con la maldad guardada como digo yo. Con la sinceridad devenida en bruta honestidad y con una necesidad de no pedir nada. Con la alegría de tu mirada a la mañana, y con el recuerdo de esas lágrimas que se vencieron tiempo atrás.
