Honestidad: hace referencia a aquel que es decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto u honrado.
Y a veces ni hace falta ser todo eso para ser honesto. A veces se trata de decir solo la verdad: sin pudor, sin razón, y hasta sin decoro. Porque es la verdad; y con eso a veces es más que suficiente.
En mundo donde la mentira es moneda corriente; parece que la verdad tiene un valor demasiado espectacular.
Honestidad es verdad. Esa que no se negocia, no se regatea, la de decir SI con ganas, y la de decir NO bien clarito y sin vericuetos.
La de no jugar con ilusiones ajenas, la de no dejar creer lo que no es. La de bancarse las consecuencias.
Y aunque choque, moleste, y hasta sea idealista o ridícula, la verdad siempre es mejor. Porque no duele, lo que no tiene es remedio.
Molesta escuchar la verdad; no todos están preparados. Y suele ser disfrazada como diplomacia, tolerancia, piedad. Y no por el otro, no por el que la escucha. Es por quien no la puede decir.
Decir la verdad es hacerse cargo. Es hacerse esclavo de sus palabras. Es tirar la moneda, y que pueda caer del lado de la soledad.
Escena uno. Carrie Bradshaw sentada frente a su ordenador, con musculosa blanca, mirando por la ventana,
fumando y tomando café; sufriendo en el fondo, los avatares del amor, y de sus
otras yerbas.
Cualquier parecido a la realidad; es mera coincidencia.
Cuando una relación amorosa no funciona, o una cita se
convierte en un completo desastre; cuando nuestra vida se basa en historias
limitadas de tiempo y de sentimientos, quienes escribimos; alguna vez nos
sentimos Carrie Bradshaw sentadas en frente a nuestra notebook, teorizando
sobre Sexo y la Ciudad; sobre el Amor y sus otras yerbas.
De qué depende? El amor, las relaciones, las continuidades; cómo
se hace?
Y se teoriza en forma de pregunta. Porque cuando se tiene la
experiencia suficiente para poder escribir las columnas de Carrie, es porque el
juntos para siempre no ha funcionado tan bien. Puede que exista un Mr. Big por
ahí, ¡who knows!. Mientras tanto; los sucesos son dignos de una columna del The
New York Observer.
Por qué cuando es víspera de San Valentín y todo el mundo se
está amando (a veces más de lo real), quienes miramos la escena desde afuera nos
preguntamos por qué cuesta tanto.
Será que buscamos tanto el príncipe azul, o del color que
sea, que nos la pasamos besando sapos esperando que se conviertan. Será que
ponemos demasiadas expectativas en quienes no debemos, y nos olvidamos de
divertirnos y pasamos ese proceso de pocos encuentros, imaginando un amor de novela,
que nos duele reconocer que no es.
Será que decimos que deseamos tanto ser queridos, que nos
creemos que es así, y tal vez en el fondo no lo deseamos tanto. Así es que cada vez que alguien se acerca con
ganas de abrazarnos un poco más; hacemos lo posible para defraudarle.
Será que en silencio tenemos el alma tan rota que no damos
un centímetro de ventaja a quien pueda hacernos acordar de ese dolor, o quien
osadamente, puede romper lo que de a poco se fue sanando.
Será que odiamos los mandatos del mundo moderno de la
familia e hijos antes de los 30, pero en el fondo nos odiamos a nosotros
mismos, porque no llegamos a cumplirlos.
Será que vivimos en un eterno casting, haciéndole pruebas al
resto para saber si nos merecen, y no sabemos si nosotros mismos merecemos un
amor, que en soledad; tal vez no nos podemos dar.
Será que teorizamos, pensamos e imaginamos el amor, y las
relaciones que nos olvidamos de vivirlas y sentirlas. Nos olvidamos de que nos
tomen por sorpresa, nos olvidamos de dar lugar a que suceda. Nos olvidamos
hasta de amarnos. Y esperamos que alguien lo haga desde afuera.
Será que a una determinada edad, cual Carrie, Miranda, Samantha
y Charlotte no es tan común enamorarse perdidamente, ni encontrar personas que
busquen lo mismo, ni dejarse querer a uno, ni permitirse querer a otro.
Será que las mujeres de más de 30; independientes, viajeras,
trabajadoras y cuestionadoras, y hasta ambiciosas, hacen más complicado ese encuentro?
Porque se cuestionan, cuestionan al otro, no se conforman. Y probablemente
vengan con una mochila bastante pesada de amores perdidos en el camino.
Será que siendo adolescente es más fácil intentar y probar
con desparpajo, y a medida que el tiempo pasa nos ponemos más exigentes,
cuidadosos, y hasta miedosos.
Será que el amor, y las relaciones en realidad son simples,
y que existe un final feliz como el de Carrie y Mr. Big… y que como dicen
muchos, para encontrar al príncipe, inevitablemente hay que besas unos cuantos
sapos.
Cuando todos parecen amarse alrededor, muchos nos preguntamos por qué para algunos es tan complicado. Si en
el mundo todos buscamos querer y que nos quieran. “Si somos solitos buscando
los pedazos. Si somos mosquitas buscando algún abrazo”, como dice una
canción.
Y no está mal escribirlo al mundo. No está mal decirlo:
queremos que nos quieran. Queremos amor. Somos personas que buscamos “amor, el
verdadero, ridículo, inoportuno insaciable y sin el que no podamos vivir”.
Tal vez la complicación está en la búsqueda. Tal vez alguna
vez tenemos que dejar que sólo nos encuentren; sin buscar, como aquel final de
Carrie en París.
Somos dualidad. Dicotomía. Positivo o negativo. Nos pensamos como sinónimos y antónimos. Como buenos o malos. Nos vivimos así. Nos encasillamos. Cruzamos o nos quedamos de este lado. Nos blanqueamos o ennegrecemos.
Y hasta nos castigamos si quedamos a mitas de camino. Y en ese contexto surge una palabra. Una categoría. Una sensación. Un estado. VACÍO.
Vacío es estar en la mitad? Es estar librándose de todo? Para poder volver a llenarse?
Estar vacío tiene su ser una meta? O puede ser un recorrido? O por lo menos una parte necesaria de este. Puede ser transitoriedad? Quienes somos los que establecemos su connotación?Si o si debe ser un estado permanente? Por qué tenemos miedo del vacío? Por qué nos da miedo saltar a él? Porque nos creemos que nos planteamos en dicotomías. Pero no soltamos nada sin agarrar nada de nuevo. No sabemos convivir con la incertidumbre. Porque necesitamos saber que hay algo que nos atrapa al caer. Porque no nos llevamos bien con la nada. Si puede representar una oportunidad. Por qué tendemos a odiar ese estado como si fuera un fin. Si a veces lo único que necesimos es un final para poder volver a comenzar. Aunque lo único que se vea por un pequeño momento sea: nada.
Y un día te encontrás justificando todas tus decisiones de
vida. Tratando de convencer a quienes supuestamente te quieren, que vos sos así.
Y que así está bien. No sabés si pedís cariño, o por lo menos respeto. Que te dejen de pensar como “Pobre…”
Y explicás… y contás y decís…
Sos la que viaja sola. Y no porque seas hermitaña. Si no
porque no vas a dejar de deleitar la vista (y el alma) con paisajes, solo porque
no tengas con quien.
Sos la que se rompe el lomo por tener no una, sino dos
carreras, por más que tengas trabajo y que supuestamente te paguen bien.
Sos la que sigue saliendo hasta cualquier hora de la mañana,
porque rodeada de un grupo de amigos, los amaneceres son divertidísimos.
Sos la que pelea defendiendo al que no está. Porque piensa
que no es justo criticar a quien no se puede defender.
Sos la que dice la frase: “Donde no puedas amar, no te
demores”. Pero le suma: “Donde no te amen tampoco, y donde no te valoren; menos”.
Sos la que no se conforma con una relación estable. Porque crees
que el “amor es otra cosa”. Es compañerismo, es respeto, es diversión, es
proyectos. No tener a alguien para llevar a un evento social.
Sos la que va a las marchas del “Ni una menos”, con la
convicción de que juntas podemos hacernos fuertes ante el miedo que nos
infundan.
Sos la que cree que se puede pagar una cuenta de restorán a
medias, en una cita, porque la plata vale lo mismo para todos; hombres o
mujeres.
Sos la que cierra los mensajes a sus papás diciéndoles que
los ama. Porque a las palabras se las lleva el viento, pero abrazan almas.
Sos la que entiende que no todo el que se fuma un porro es
drogadependiente.
Sos la que cuando ama, ama de verdad, sin reparar en que te
puedan romper el corazón.
Sos la que le rompieron el corazón. Y el alma. Y creíste que
no podías más, y pudiste.
Sos la que hace terapia porque considera que uno nunca
termina de saber todo de sí, y que un extraño muchas veces te puede ayudar más
que un amigo.
Sos la que está orgullosa de que su familia haya sido “humilde”.
Porque aprendiste a valorar el esfuerzo, el tuyo y el de todos.
Sos la idealista, la rebelde, la zurda, la “rara”. La que
tiene edad para ser madre, y ni piensa en eso. La que quisiera tener a alguien que la ame,
pero si no está; “qué le vamos a hacer”…
Sos la que no se conforma, la que va por más, la que lucha
por aquello que considera justo. Sos la que hace lo que puede con lo que tiene.
O hace más aún.
Sos libre. Sos renegada. Sos pasional. Sos sensible. Tanto que
seguís peleando por causas perdidas. Tanto que seguís discutiendo para que te
entienda. Tanto que el ser tan testaruda te llevó a donde estás. A ser lo que
sos. Y eso, la verdad? No está tan mal.
Sos a quien le recomendaría: “No dejes de luchar. Sólo elegí
mejor tus batallas; para no perder energías en aquellos a los que vos deberías
empezar a decirles: Pobres”-.
Toda nuestra vida la transitamos basados en el positivismo
de que todo sucederá. Que las cosas saldrán bien. Que seremos saludables,
felices. Que tendremos amigos. Que seremos queridos. Que formaremos una
familia. Que viviremos un gran amor. Que seremos exitosos, y que trabajaremos
de lo que nos gusta.
Nos suena trabajoso y hasta nos da miedo pensar que eso no
va a suceder. Preferimos creer en que la vida misma, solita… nos dará aquello que
se supone que nos merecemos. Nos negamos consciente o inconscientemente a que
tal vez, no estemos en este grupo de afortunados.
Es más, tildamos de
negativo a aquel que considera la posibilidad de que no puede ser agraciado con
todos esos honores.
¿Qué es lo que nos cuesta más? ¿Pensar en esa posibilidad?
¿Aceptarla? Tildarse a uno mismo de mala energía. ¿De no querer suficiente las
cosas? Muchas veces se escucha que si alguien desea algo con mucha fuerza; lo
logra. Y que pasa si no?
Si no somos deseados por nuestros padres. Si no somos saludables o si no encontramos ese
amor que tanto anhelamos. Qué pasa si la vida soñada no es la que nos toca vivir.
Por qué es tan descabellado pensar que las cosas pueden no
suceder. Por qué criticamos al que piensa de esa manera, si no lo único que
hace es anticiparse a una realidad que puede suceder.
Por qué intentamos suavizar la idea diciendo que “todo va a
estar bien”. Por qué en un mundo que parece ser cada vez más extraño, las
profecías del bienestar son como huellas en la arena. Pueden desaparecer.
Y? qué hacemos si un día nos sentamos a pensar ¿qué pasa si
no?.
Pasa que otra vez se dio cuenta que estaban como cuando habían empezado. Se miró en retrospectiva y se dio cuenta de que otra vez estaba esforzándose
para que alguien la mirara. La mirara de verdad.
Y por eso se enojaba. Exigía atención. Aunque de verdad lo
que estaba exigiendo era que la quisieras.
Porque estaba repitiendo una historia. De gusto.
Era una historia que había empezado y terminado mil veces.
Había quedado en stand by. La habías vuelto a reflotar. La habías modificado. Y
ella siempre en el mismo lugar. Queriendo agradarte. Queriendo llamar tu
atención. Queriéndote.
Porque sí lo intentaría. Porque cada vez que estás su cabeza se llena de historias imaginarias. Porque cada vez que volvés cree que
esta vez será LA vez.
Y sola arma y desarma los finales felices. Mientras vos no
te das cuenta.
Todavía recuerda la frase; “We're not broken
just bent. And we can learn to love again” que repetía y tenía anotada por
todos lados.
No estamos rotos, sólo doblados. Podemos
aprender a amar de nuevo.
Como si aprender a amar fuera algo fácil, algo
palpable. Como si fueran una serie de lecciones para poder remontar lo
irremontable. Como si todos quisieran asistir a esas clases.
Porque donde uno no quiere; dos no pueden.
Y porque se ve que no había más tiempo para
lecciones. Porque habían sido demasiado recuperatorios. O no. Pero nunca se
pusieron de acuerdo. Nunca más.
Porque cuando uno dijo “Tal Vez no”, el otro
dijo “tenés razón; no”. Y porque cuando uno se arrepintió el otro dijo que no
ya no había tiempo.
Porque a veces no se puede aprender
a amar de nuevo. A veces se
aprende una sola vez. A veces no se aprende nunca. O a veces se aprende para
siempre.
Cuánta Utopía había en aquella frase. Era como
un ruego. Pero se piensa utópica porque no se dio. Porque no aprendieron.
Porque abandonaron la escuela. No se sabe quién primero; si el que tiró la piedra.
O el que escondió la mano.
Y todavía canta esa frase y siente que sigue
siendo un ruego. Y si alguna vez quisieran retomar y terminar los estudios?.
Y todavía siente que podían dar más. No un
diez, pero un aprobado seguro. Todavía siente. Y no entiende. Y no puede entender
por qué viendo esa frase volteó la mirada.
No entiende, y lo siente. No entiende por qué
justo ellos no pudieron aprender a amarse. Porque se sabían doblados, pero
alguno de los dos decidió quebrar. Y ni si quiera saben quién se quedó juntando
las mitades y tratando de volver a unirlas. Probablemente ninguno de los dos.
Uno se quedó contemplando los pedazos. El otro sólo juntó su mitad y se fue.
Probablemente nunca más vuelvan a verse.
Probablemente intenten aprender a amar de nuevo. O no. Tal vez la próxima no
necesiten de lecciones. Probablemente un día sean sabios, aprobados y
sobresalientes sin tanto que estudiar. Probablemente alguna vez no haya mitades
y sean uno solo. Porque seguramente algún día donde dos quieran; dos puedan.