martes, 19 de febrero de 2019

Flores de plástico


Lindas. Tan visiblemente reales. Tan distantes y tan perfectas. Sin espinas ni hojas secas. Tan funcionales y dispuestas a alegrar cualquier hogar.
Aquellas flores tan coquetas por momentos, tan vitales y simpáticas, y tan llenas de nada a la vez.
Tan coloridas, y poco alegres. Tan delicadas y tan rígidas. Tan difíciles de quebrar, pero tan fáciles de desechar.
Flores de plástico pero que parecen de verdad. Que emulan a veces la realidad; esa que ni siquiera pueden transitar.
La mentira tan cotidiana de lo artificial: como maniquíes de vidriera con ropa en la que todos quieren entrar; sonrisas de Payaso que rara vez es real; filtros de belleza de Instagram:  engaño consensuado pero eficaz.
Flores de plástico tan bellas, pero tan difíciles de tocar. Tan vacías de esencia, tan difíciles de amar. Tan detenidas en el tiempo. Tan presas de esa belleza que sólo les sirve a los demás.  Tan valoradas por su implacable manera de estar.
Flor de mentira la que nos lleva a estar inmaculados pero vacíos, tan coloridos y tan llenos de gris.  Tan simpáticos y tan apagados en relación a los demás. Tan estancados en un momento de nuestra evolución. Tan perfectos e irreales. Estáticos, herméticos pero con sensación de felicidad.
Flores de plástico como metáforas de la actualidad. Como aquello que, aunque muerto por dentro, ahí estará para ocupar un lugar, para adornar, aunque nunca plenamente, se pueda disfrutar.